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Las
dioxinas y los PCB son
extremadamente resistentes a
la degradación química y
biológica, por lo que
persisten en el medio
ambiente muchos años
después de haber sido
producidas. Además se
acumulan en las cadenas
alimentarias. Son sustancias
químicas lípido-solubles,
por lo que tienden a
acumularse en los niveles
superiores de las cadenas
tróficas, incluidos los
seres humanos.
La
distribución de las
dioxinas en todo el medio
ambiente provoca una
contaminación de fondo que
afecta a las plantas
terrestres que
posteriormente son ingeridas
por los animales
directamente o utilizadas
como materias primas para la
alimentación animal, así
como a la cadena alimentaria
animal acuática. Lo mismo
ocurre con la tierra, que
puede contaminar las
materias primas usadas en la
alimentación animal o ser
ingerida directamente por
los animales. Además de la
contaminación de fondo,
puede producirse una
contaminación accidental de
las materias primas
destinadas a la
alimentación animal como
consecuencia de vertidos
puntuales de dioxinas
procedentes de actividades
industriales, de prácticas
contaminantes durante su
producción, tratamiento o
transporte.
Más
del 90% de la exposición
humana a las dioxinas tiene
su origen en los alimentos.
Por orden de importancia
llegan a ser consumidas a
través de la ternera,
productos lácteos, leche,
pollo, cerdo, pescado y
huevos. De igual manera las
dioxinas presentes en los
animales proceden
principalmente de su propia
alimentación.

Han
habido casos de
contaminaciones puntuales
graves. En Seveso, en
Italia, en 1976 una nube de
productos químicos
tóxicos, incluyendo
dioxinas, salió a la
atmósfera y afectó a
37.000 personas en un área
de 15 Km2. Durante la guerra
de Vietnam las dioxinas
fueron uno de los
componentes del "Agente
naranja" empleado como
herbicida. Y en un caso más
reciente en el sur de los
EEUU en 1997, pollos, huevos
y bagres resultaron
contaminados a través del
pienso por el empleo como
aditivo de
bentonita -una arcilla-
contaminada por dioxinas
fósiles.
Los
seres humanos no disponemos
de ninguna vía de salida de
las dioxinas de nuestro
cuerpo, salvo su lenta
metabolización (vida media
7-10 años), o esperar su
propia degradación
atendiendo a su vida media
química. Excepción hecha
de en las mujeres que pueden
transmitirlas a sus hijos
por la placenta y a través
de la leche materna.

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