SUBPRODUCTOS

De residuo a ingrediente de alto valor: lo que realmente sabemos sobre los subproductos marinos

Portugal, 14/04/2026 | Los compuestos de alto valor de los subproductos ya están identificados, ahora faltan los procesos industriales

filetes de rodaballo

Entre el 30 al 85% de la biomasa del pescado termina como subproducto, pero solo una fracción se valoriza de forma efectiva. La evidencia científica refuerza su potencial como fuente de compuestos de alto valor, aunque deja claro que el verdadero cuello de botella no es científico, sino industrial.

El crecimiento de la acuicultura y la pesca ha incrementado de forma significativa el volumen de subproductos. Actualmente, entre el 30% y el 40% del peso del pescado procesado corresponde a cabezas, pieles, vísceras o espinas, y solo una parte limitada se recupera con valor añadido.

Esto significa que los subproductos no son un residuo puntual, sino una parte habitual del proceso productivo.

Estos subproductos marinos concentran una amplia gama de compuestos de alto valor que el sector lleva años identificando a pesar que la mayor parte de la biomasa generada sigue destinándose a usos de bajo valor, como harina y aceite de pescado.

Entre los compuestos de alto valor destacan las proteínas estructurales, como el colágeno y la gelatina, los ácidos grasos esenciales como el EPA y el DHA, así como minerales relevantes como el calcio o la hidroxiapatita. A esto se suman biopolímeros como la quitina y el quitosano, junto con vitaminas presentes en concentraciones significativas, especialmente en huevas.

Las principales fuentes de estos compuestos se encuentran en fracciones como la piel, las espinas, las escamas, las conchas y las propias huevas, lo que refuerza la idea de que el valor no está en una parte residual, sino distribuido a lo largo de todo el organismo procesado.

El conocimiento sobre el potencial de los subproductos marinos es sólido y está ampliamente documentado. Ahora lo que hace falta es trasladar ese conocimiento al ámbito industrial, y conseguir pasar las barreras relevantes que todavía existen.

La complejidad tecnológica de los procesos de extracción, la elevada variabilidad de la materia prima y la falta de estandarización dificultan su integración en sistemas productivos eficientes. A ello se suma un factor determinante: los costes siguen siendo superiores a los de los usos tradicionales, lo que limita su competitividad.

Todo indica que el camino pasa por el desarrollo de biorrefinerías marinas, la integración de estos flujos en modelos de economía circular y una creciente presión en torno a la trazabilidad y la sostenibilidad.

Una transición que no será automática. La valorización real de los subproductos dependerá de la capacidad del sector para desarrollar modelos industriales replicables, integrarlos de forma efectiva en la cadena de valor y, sobre todo, demostrar su viabilidad económica más allá del plano técnico.

Te puede interesar