La co-ubicación entre eólica marina y acuicultura deja de ser un concepto teórico para convertirse en una posibilidad cartografiada a escala europea. Un nuevo análisis espacial identifica más de un millón de kilómetros cuadrados de aguas offshore técnicamente viables para el cultivo de mejillón (Mytilus edulis) en Europa. Pero el potencial no es homogéneo: el futuro productivo se concentra en el norte y se debilita en el sur.
El estudio revela que 420 de los 454 parques eólicos marinos —en operación, aprobados o planificados— se solapan total o parcialmente con áreas consideradas viables para el cultivo. Esto significa que, al menos desde el punto de vista técnico y biológico, la infraestructura energética ya instalada en el mar coincide en gran medida con zonas aptas para la acuicultura de bajo nivel trófico.
El Mar del Norte emerge como el epicentro estratégico. Amplias áreas de su sector sur, junto con el mar de Irlanda y partes de la plataforma celta-biscaína, presentan índices altos de idoneidad cuando se consideran variables como temperatura, salinidad y disponibilidad de alimento. En cambio, el Mediterráneo queda fuera para Mytilus edulis en las condiciones actuales. Para el sur de Europa, incluido el contexto español, el modelo confirma que el margen offshore para esta especie es muy limitado.
Más relevante aún es la señal climática. Bajo escenarios de calentamiento hacia mediados de siglo, la idoneidad aumenta en aguas del norte —en algunos casos hasta un 9 %— al acercarse las temperaturas al rango óptimo de crecimiento de la especie. En paralelo, las regiones meridionales pierden competitividad biológica. El resultado es un desplazamiento latitudinal del potencial productivo: el mejillón offshore europeo, al menos para M. edulis, tiende a concentrarse en el eje Mar del Norte–Báltico.
Sin embargo, el modelo no resuelve la pregunta clave: ¿es esto una oportunidad productiva real o un ejercicio cartográfico? El análisis no incluye rendimientos esperados, costes de inversión, logística de suministro de semilla ni evaluación de capacidad de carga ecológica acumulada con la propia bioincrustación de los parques eólicos. Tampoco integra plenamente el impacto de olas de calor marinas extremas, acidificación o desoxigenación, factores que podrían alterar significativamente la viabilidad a medio plazo.
En otras palabras, el estudio ofrece una herramienta de preselección estratégica para la planificación marina, pero no un plan de negocio. Identifica dónde coinciden condiciones técnicas y biológicas con la expansión de la eólica marina, pero deja abiertas las incógnitas regulatorias, aseguradoras y económicas que hoy siguen frenando el despliegue real de proyectos de co-ubicación.
La conclusión es estructural: el solapamiento espacial entre energía y acuicultura ya existe sobre el mapa. Lo que aún no existe es un marco operativo claro que convierta ese solapamiento en producción. Si la gobernanza, la gestión del riesgo y la cooperación sectorial evolucionan al ritmo de la cartografía, el Mar del Norte podría consolidarse como laboratorio europeo de uso dual del espacio marino. Si no, la oportunidad seguirá siendo potencial.

