El mejillón ha sido tradicionalmente considerado una de las proteínas marinas más eficientes desde el punto de vista ambiental. Su cultivo no requiere pienso y presenta emisiones moderadas en comparación con otras fuentes de proteína animal. Sin embargo, un estudio liderado por Alimentta Association y la Universidad Pablo de Olavide, en colaboración con la Universidad de Santiago de Compostela, el Institut Mediterrani d’Estudis Avançats (IMEDEA-CSIC-UIB), el Institut de Ciències del Mar (ICM-CSIC) y el Centro Oceanográfico de Baleares (IEO-CSIC), publicado en Resources, Conservation and Recycling, desplaza el foco desde la fase de producción hacia el diseño estructural de la cadena de valor.
La investigación cuantifica por primera vez la huella de carbono completa del sistema en España y estima que el consumo doméstico genera 6,3 kg de CO₂ equivalente por kilogramo de carne comestible. No obstante, el impacto varía de forma notable según el formato comercial: el mejillón en escabeche alcanza 8,5 kg CO₂eq/kg, frente a 4,1 kg en fresco y 3,6 kg en congelado.
En términos de posicionamiento climático, el mejillón fresco y congelado compiten con las proteínas animales de menor huella, mientras que el escabeche se aproxima a niveles propios del cerdo, diluyendo parte de la ventaja ambiental asociada al cultivo.
Aunque Galicia concentra el 99 % de la producción, solo el 25 % del mejillón fresco disponible se destina al consumo directo en España. El resto alimenta la industria transformadora o se integra en flujos comerciales internacionales. De hecho, el escabeche concentra el 54 % de las emisiones totales de la cadena, y el 21 % del impacto agregado procede del procesamiento en terceros países.
El estudio introduce así un cambio de enfoque relevante para el sector acuícola: la competitividad climática del mejillón ya no depende únicamente de su eficiencia productiva, sino de cómo se organiza su transformación, distribución y comercialización. En un entorno europeo donde la huella de carbono gana peso regulatorio y comercial, el diseño de la cadena emerge como factor estratégico.
Más que cuestionar la sostenibilidad del mejillón, el trabajo señala una oportunidad. Optimizar la intensidad del procesamiento, reducir la dependencia de formatos de alta huella y reforzar el consumo nacional de presentaciones menos emisivas podría consolidar al mejillón como proteína estructuralmente competitiva en términos climáticos. El impacto ya no se juega solo en la batea, sino en la arquitectura del sistema.
Referencia:
Saralegui-Díez, P., Villasante, S., Ospina-Álvarez, A., Ramón, M., & Moranta, J. (2026). The carbon footprint of the mussel food chain in Spain. Resources, Conservation & Recycling, 227, 108742.
https://doi.org/10.1016/j.resconrec.2025.108742

