Durante años, el pienso en la acuicultura mediterránea de dorada y lubina fue tratado como una variable técnica optimizable: una combinación de proteínas, lípidos y energía cuyo objetivo principal era sostener el crecimiento al menor coste posible. Sin embargo, la madurez del sector, la presión sobre los márgenes y la creciente complejidad del entorno productivo han desplazado el papel del pienso desde el plano técnico al estratégico. Hoy, en dorada y lubina, elegir un pienso es, en muchos casos, elegir un modelo de negocio.
En sistemas de acuicultura marina cada vez más intensivos, el pienso ya no se evalúa únicamente por su capacidad de maximizar el crecimiento específico. Su impacto sobre la estabilidad biológica del lote es crítico. La dorada, especialmente sensible a problemas intestinales y a episodios de estrés crónico, y la lubina, vulnerable a desequilibrios metabólicos en determinadas fases del engorde, han puesto de manifiesto que un FCR competitivo pierde valor si incrementa el riesgo sanitario.
En este contexto, el pienso se convierte en una herramienta de gestión del riesgo. Formulaciones más digestibles, con perfiles funcionales orientados a la salud intestinal o a la respuesta inmune, permiten ciclos productivos más estables, incluso si el crecimiento es ligeramente más lento. Esta renuncia parcial a la optimización zootécnica pura es, en realidad, una decisión estratégica orientada a la previsibilidad, algo cada vez más valioso en un entorno de costes volátiles.
En sistemas productivos bien ajustados desde el punto de vista técnico, el pienso para dorada y lubina representa habitualmente más del 50 % de los costes totales, lo que lleva a muchos productores a priorizar el precio por tonelada. Sin embargo, en mercados maduros y altamente competitivos, la rentabilidad ya no se decide solo por el coste directo, sino por la variabilidad del resultado.
Un pienso que reduce la dispersión de tallas, mejora la homogeneidad del lote y disminuye las pérdidas asociadas a problemas subclínicos tiene un valor estratégico difícil de reflejar en una hoja de cálculo clásica. En muchas granjas mediterráneas, el pienso ha pasado a ser una herramienta de estabilización económica, más que un simple insumo productivo.
A nivel de mercado, el relato también importa. El origen de las materias primas del pienso, la reducción del uso de ingredientes marinos o la incorporación de proteínas alternativas —como insectos o algas— ya no son decisiones neutras. En muchos casos, condicionan el acceso a determinados clientes, certificaciones y segmentos de mayor valor añadido.
En este sentido, el pienso actúa como un vector de posicionamiento estratégico, cada vez más integrado en el discurso comercial y reputacional de algunos productores.
Además, algunos fabricantes de piensos acompañan al productor desde las primeras fases del desarrollo productivo, integrando formulación, manejo y soporte técnico. Esto hace que el pienso se convierta en un elemento estructural del modelo productivo y no en un insumo fácilmente intercambiable.
El modelo de negocio que decide el productor es, por tanto, determinante a la hora de elegir el fabricante de pienso que lo acompañará en el proceso. No es lo mismo producir para volumen y rotación rápida que para mercados diferenciados con ciclos más largos y mayor exigencia en estabilidad y calidad.
La pregunta, entonces, deja de ser qué pienso da mejores resultados y pasa a ser qué pienso es coherente con el sistema productivo, el mercado objetivo y el nivel de riesgo que estamos dispuestos a asumir. En el contexto actual de la acuicultura mediterránea, esta segunda pregunta ya no es una reflexión teórica, sino una decisión estratégica ineludible.

