La creciente promoción de la acuicultura de algas como solución climática y herramienta de restauración ecológica no está respaldada por evidencia sólida.
Un meta-análisis publicado en Reviews in Fisheries Science & Aquaculture concluye que, si bien el cultivo de macroalgas puede aportar beneficios en calidad del agua, no existe suficiente evidencia para afirmar que mejore de forma consistente la regulación climática ni la biodiversidad.
El estudio, que revisa 134 trabajos realizados en 30 países, pone en cuestión uno de los principales argumentos utilizados para justificar la expansión del sector: su supuesto papel como sumidero de carbono.
Los autores estiman que la acuicultura de algas puede acumular en biomasa una mediana de 1.546 kg de carbono por hectárea y año, con valores inferiores para el carbono potencialmente enterrado o exportado a largo plazo (725 kg C/ha/año) y una mitigación neta aún más limitada (384 kg C/ha/año).
Sin embargo, subrayan que estos valores presentan una elevada variabilidad y dependen en gran medida del contexto productivo y ambiental.
Más relevante aún, el trabajo destaca que no existe claridad sobre el destino final del carbono fijado por las algas. Parte de este carbono puede ser rápidamente remineralizado o reemitido a la atmósfera, mientras que las emisiones asociadas a la cosecha, procesado y cadena de suministro pueden compensar parcial o totalmente los beneficios.
En este sentido, los autores advierten que no puede afirmarse que la acuicultura de algas actúe de forma universal como sumidero neto de carbono, especialmente en ausencia de análisis de ciclo de vida a escala industrial.
En contraste, el estudio sí encuentra evidencia más consistente en relación con la mejora de la calidad del agua. Las macroalgas pueden eliminar nutrientes disueltos, con valores medianos de 83 kg de nitrógeno y 23 kg de fósforo por hectárea y año.
Este efecto resulta particularmente relevante en sistemas integrados de acuicultura multitrófica (IMTA) y en zonas con problemas de eutrofización.
En cuanto a la biodiversidad, los resultados son más ambiguos. Aunque las granjas de algas pueden albergar distintos organismos y actuar como hábitat temporal, no se ha demostrado que generen mejoras consistentes frente a ecosistemas naturales como praderas marinas o bosques de kelp.
En algunos casos, incluso se han observado efectos neutros o negativos, asociados a cambios en las comunidades biológicas o a la introducción de especies oportunistas.
El análisis apunta a que gran parte de esta incertidumbre se debe a la falta de metodologías estandarizadas para medir los servicios ecosistémicos, así como a la elevada variabilidad entre especies, localizaciones y sistemas de cultivo.
En este contexto, los autores proponen un cambio de enfoque: los beneficios ambientales del cultivo de algas —especialmente en clima y biodiversidad— deben considerarse como co-beneficios potenciales de la producción de biomasa, y no como su principal justificación.
El trabajo subraya además la necesidad de desarrollar sistemas robustos de monitorización, reporte y verificación (MRV), así como de generar datos a largo plazo que permitan evaluar el impacto real del sector a escala.
Referencia:
Swanlund, H., Burrows, M. T., Fedenko, J., O’Dell, A., & Hughes, A. D. (2026). A review and meta-analysis of the ecosystem service enhancement from seaweed aquaculture: Limited evidence to support climate and biodiversity gains. Reviews in Fisheries Science & Aquaculture. https://doi.org/10.1080/23308249.2026.2647211

