La alimentación de las larvas de dorada (Sparus aurata) con el copépodo Acartia tonsa durante los primeros días de vida permite reducir de forma significativa las deformidades vertebrales y aumentar el porcentaje de peces con correcta inflación de la vejiga natatoria, dos factores directamente vinculados a la calidad larvaria y al rendimiento posterior en engorde.
Investigadores de la Universidad de Patras (Grecia) evaluaron la inclusión de Acartia tonsa en la dieta larvaria entre los días 3 y 17 post-eclosión, comparándolo con el protocolo estándar basado en rotíferos y Artemia. El ensayo se prolongó hasta los 25 días post-eclosión, analizando el desarrollo del sistema digestivo, la ontogenia esquelética y la prevalencia de deformidades.
Los resultados mostraron que las deformidades vertebrales afectaron al 50% de las larvas en el grupo control, frente al 17,3% en el grupo alimentado con copépodos. La escoliosis, la anomalía más frecuente, se redujo de aproximadamente un 38% a apenas un 10%.
Asimismo, la correcta inflación de la vejiga natatoria superó el 80% en el grupo con copépodos, mientras que en el grupo control no alcanzó el 60%. Además, el cleitro —un hueso clave de la cintura pectoral que conecta la aleta con el esqueleto axial— fue el único elemento completamente calcificado al final del ensayo, y solo en el grupo alimentado con copépodos.
Aunque las tasas de crecimiento no mostraron diferencias significativas durante la mayor parte del periodo experimental, al final del ensayo las larvas alimentadas con copépodos alcanzaron mayor longitud total.
Desarrollo digestivo más eficiente
El estudio también evidenció un desarrollo digestivo más avanzado en las larvas que recibieron Acartia tonsa, con vellosidades intestinales más largas y de mayor superficie, aparición más temprana de células caliciformes y mayor acumulación lipídica hepática en fases clave del desarrollo. Según los autores, esta mejora estructural podría traducirse en una mayor capacidad de digestión y absorción de nutrientes durante la transición crítica hacia Artemia y las dietas de destete.
La diferencia radica en el perfil nutricional de los copépodos, superior al de rotíferos y Artemia enriquecidos. Presentan mayores niveles de ácidos grasos altamente insaturados, una proporción DHA/EPA más próxima a los rangos considerados óptimos, una elevada concentración de fosfolípidos estructurales y una mayor disponibilidad natural de minerales como calcio, zinc y magnesio. Además, al no requerir enriquecimiento, se reduce la formación de película grasa en la superficie del agua, un factor que puede interferir en la correcta inflación de la vejiga natatoria.
Aunque la producción comercial de copépodos todavía plantea retos logísticos y económicos, los resultados refuerzan una idea estratégica: la calidad estructural del pez se define en los primeros días de vida. En un contexto de creciente presión por mejorar la eficiencia productiva, reducir descartes y aumentar la uniformidad de los lotes, la inclusión parcial o estratégica de copépodos podría convertirse en una herramienta diferenciadora para los centros de reproducción del Mediterráneo. El foco ya no es únicamente el crecimiento, sino la robustez estructural y el rendimiento a largo plazo.

