La ciencia en acuicultura evoluciona bajo una presión creciente. El sector se ve cada vez más como una solución clave para suministrar proteína de alta calidad con una menor huella ambiental, pero la investigación necesaria para sostener ese crecimiento debe mantenerse al ritmo de desafíos urgentes como las enfermedades emergentes, la volatilidad de los costes de materias primas, una regulación más estricta, las exigencias de sostenibilidad y una competencia global en aumento.
A diferencia de muchas disciplinas, la acuicultura no puede acelerarse sin consecuencias. El progreso depende de ciclos biológicos y validaciones largas: los ensayos de alimentación tardan meses a escala laboratorio y años a escala comercial, la genética necesita años, las estrategias de salud y bienestar requieren pruebas en condiciones reales, y los sistemas modernos como los RAS exigen un control constante de variables complejas. El tiempo forma parte del método.
Sin embargo, ese “tiempo de calidad” se está reduciendo. Cada vez más esfuerzo se absorbe en la competencia por financiación, la coordinación de consorcios y la carga administrativa, dejando menos margen para experimentos, datos y soluciones reales, justo cuando el sector más lo necesita.
Esa presión se amplifica por la forma en que se financia la investigación. Las convocatorias competitivas con presupuestos limitados atraen decenas —a veces cientos— de propuestas, que exigen semanas de coordinación, construcción de consorcios y papeleo orientado al impacto antes de que la ciencia siquiera empiece. Con tasas de éxito bajas, gran parte de ese esfuerzo nunca llega al laboratorio.
Incluso cuando se obtiene financiación, la carga administrativa suele intensificarse. El tiempo se consume en la justificación del gasto, la elaboración de informes y procedimientos rígidos que chocan con la realidad de trabajar con organismos vivos, donde los retrasos, las mortalidades y los ajustes experimentales son inevitables.
Esta dinámica también influye en lo que se investiga. Cuando competir es caro, los equipos tienden a apostar por proyectos “seguros”, con resultados previsibles, dejando menos espacio para investigación de alto riesgo que podría aportar avances reales en alimentación, sanidad, bienestar o eficiencia. Los ciclos de financiación cortos y fragmentados limitan aún más la continuidad y la validación profunda, mientras que las organizaciones con más recursos parten con ventaja simplemente por contar con mayor capacidad administrativa.
Como advertía recientemente un artículo publicado en Nature, la financiación competitiva puede incluso alcanzar un “punto de no retorno”, cuando el coste de solicitar y gestionar subvenciones rivaliza —o supera— el valor de la financiación concedida. El sector puede seguir generando conocimiento, pero a un coste creciente en tiempo, enfoque e impacto a largo plazo.
La respuesta no es solo más dinero, sino mayor eficiencia: modelos de financiación que prioricen experimentos y resultados por encima del papeleo, con convocatorias más específicas, procesos en fases y exigencias de seguimiento proporcionales. El futuro de la acuicultura depende de convertir la investigación en soluciones prácticas, y eso requiere que cada euro compre más ciencia y menos burocracia.

