La sostenibilidad de los sistemas de cultivo de langostino depende menos de si las explotaciones utilizan estanques tradicionales, sistemas biofloc o sistemas de recirculación, y más de cómo se gestionan las variables clave de rendimiento. Esta es la principal conclusión de un nuevo análisis científico a gran escala que compara el desempeño económico, ambiental y social de los principales modelos de producción de langostino utilizados en distintos países productores a nivel mundial.
El estudio, basado en datos extraídos de 136 publicaciones científicas revisadas por pares, cuestiona la tendencia generalizada a etiquetar determinados sistemas de cultivo como “sostenibles” o “no sostenibles” únicamente en función de su enfoque tecnológico. En su lugar, muestra que variables como la tasa de supervivencia, el consumo energético y la gestión de nutrientes tienen de forma consistente un mayor impacto en la sostenibilidad global que el propio modelo productivo.
Los estanques tradicionales de monocultivo tienden a presentar el peor desempeño global, principalmente debido a mayores emisiones de nutrientes y a indicadores ambientales más débiles. No obstante, el estudio también muestra que los sistemas altamente intensivos o de alta tecnología no rinden automáticamente mejor. En particular, los sistemas de recirculación logran buenos resultados en la reducción de descargas de nutrientes, pero su elevada demanda energética y la huella de carbono asociada limitan su puntuación global en sostenibilidad.
Los sistemas integrados multitróficos en estanques se perfilan como la opción más equilibrada en este análisis, no porque maximicen la producción, sino porque reutilizan los nutrientes de forma más eficiente y reparten los impactos de manera más homogénea entre las distintas dimensiones de la sostenibilidad.
Uno de los hallazgos más prácticos para los productores es el papel central de la tasa de supervivencia. Según el análisis, cuando la supervivencia cae por debajo de aproximadamente el 68 %, las diferencias entre los modelos productivos se vuelven mucho más pronunciadas. Por encima de ese umbral, las brechas de rendimiento entre sistemas se reducen de forma significativa.
En otras palabras, el desempeño biológico básico sigue pesando más que el diseño del sistema. Una baja supervivencia compromete la sostenibilidad con independencia de que la producción se realice en estanques, sistemas biofloc o sistemas de recirculación.
El estudio también pone de relieve que algunos sistemas frecuentemente promocionados como sostenibles conllevan costes ocultos. Los sistemas biofloc, por ejemplo, pueden ofrecer buenos resultados productivos, pero requieren elevados niveles de aireación y consumo energético. Los sistemas con recambio de agua pueden sostener la producción y el empleo, pero presentan un peor comportamiento ambiental debido a las pérdidas de nutrientes.
En lugar de señalar un único modelo como el mejor, los datos subrayan que los resultados en sostenibilidad dependen de variables concretas y medibles, como el consumo eléctrico, el coste del pienso, la gestión de sólidos, la liberación de microplásticos y la conformidad del producto.
Los autores advierten que el estudio identifica tendencias generales, no criterios aplicables directamente a regulación o certificación, y que factores como las condiciones locales y la capacidad de gestión siguen siendo determinantes. Además, el análisis no aborda aspectos clave como el bienestar animal, la calidad del producto o los riesgos financieros.
Los resultados sugieren que los futuros debates sobre sostenibilidad —ya sea en el ámbito de la política, la certificación o la inversión— deberían centrarse menos en promover modelos productivos concretos y más en cómo se gestionan las variables que realmente impulsan el rendimiento.

