La gestión de ectoparásitos en dorada y lubina podría tener un impacto más profundo en el rendimiento productivo de lo que tradicionalmente se ha considerado. Un estudio reciente publicado en Aquaculture sugiere que las infecciones parasitarias no solo generan lesiones visibles, sino que alteran parámetros fisiológicos clave vinculados al crecimiento, la conversión y la resiliencia de dos especies clave del mediterráneo: la dorada (Sparus aurata) y la lubina Europea (Dicentrarchus labrax).
El estudio adquiere también una dimensión particularmente interesante por haberse llevado a cabo en condiciones comerciales de cultivo conjunto de las dos especies. Los investigadores detectaron una prevalencia de ectoparásitos significativamente mayor en dorada que en lubina, pese a compartir entorno productivo.
La prevalencia global alcanzó el 46 % en dorada frente al 27,6 % en lubina, lo que apunta a diferencias interespecíficas relevantes en susceptibilidad.
Pero el hallazgo más relevante no es la diferencia epidemiológica, sino el efecto sistémico asociado a la infección.
Entre los parásitos identificados se encuentran monogéneos como Dactylogyrus y Gyrodactylus, el dinoflagelado Amyloodinium y crustáceos isópodos branquiales, grupos con comportamientos biológicos distintos pero con un denominador común: su capacidad para afectar branquias y superficie corporal, comprometiendo la eficiencia respiratoria y aumentando el coste fisiológico del pez.
El hallazgo más relevante no es únicamente la diferencia epidemiológica, sino el efecto sistémico asociado a la infección. Los peces parasitados mostraron reducciones significativas en glóbulos rojos, hemoglobina y hematocrito, indicadores compatibles con estados de anemia. A ello se sumaron alteraciones en el equilibrio iónico plasmático, incremento de los niveles de cortisol —relacionado con el estrés crónico— y una respuesta antioxidante elevada, señal de estrés oxidativo.
En el plano inmunológico, la infección se asoció con descensos en linfocitos y neutrófilos y aumentos en eosinófilos y basófilos, lo que sugiere una modulación compleja del sistema inmune que podría reducir la capacidad de respuesta ante otros desafíos sanitarios.
Desde una perspectiva productiva, estas alteraciones implican que el impacto de los ectoparásitos no debería evaluarse únicamente por mortalidad o intensidad de infestación. Los efectos subclínicos sobre el estado fisiológico pueden traducirse en menor eficiencia metabólica, peor aprovechamiento del alimento y mayor vulnerabilidad frente a factores de estrés ambientales, especialmente en sistemas intensivos o en periodos de altas temperaturas.
El estudio también confirma un patrón estacional diferenciado: algunos parásitos mostraron mayor presencia en verano, mientras que otros predominaron en invierno. Esta dinámica refuerza la necesidad de integrar la gestión sanitaria dentro de la planificación productiva anual, ajustando programas de monitorización y tratamiento a los periodos de mayor riesgo.
Además, la investigación incorpora confirmación molecular mediante técnicas de PCR, lo que refuerza la fiabilidad diagnóstica y sugiere que determinadas infecciones podrían estar infraestimadas cuando se emplean únicamente métodos tradicionales. El daño branquial asociado a algunos de estos parásitos resulta especialmente relevante desde el punto de vista productivo, ya que puede afectar al intercambio gaseoso y aumentar el gasto energético de mantenimiento, con posibles efectos acumulativos a lo largo del ciclo de cultivo.
En un contexto de márgenes ajustados y creciente presión sanitaria, los resultados apuntan a que la gestión preventiva frente a ectoparásitos puede convertirse en un factor clave para proteger la eficiencia productiva y reducir pérdidas invisibles que no siempre se reflejan de forma inmediata en los indicadores clásicos de mortalidad.

