En la acuicultura moderna, obtener un mayor rendimiento de proteína comestible, en lugar de un simple aumento de peso general, es un objetivo crítico, pero a menudo pasado por alto. Históricamente, una parte relevante del crecimiento puede deberse al aumento del tamaño de órganos internos o a la acumulación de grasa, sin traducirse necesariamente en más músculo aprovechable.
Ahora, un reciente estudio en tilapia del Nilo publicado en la revista Journal of Animal Science and Biotechnology plantea una vía distinta para mejorar la eficiencia productiva a través del uso de bacterias autóctonas.
La investigación analizó la incorporación en la dieta de la bacteria intestinal Cetobacterium somerae ZNN-1 y observó un efecto claro: la suplementación no alteró significativamente la ganancia de peso ni la conversión del pienso, pero sí incrementó de forma significativa el rendimiento en canal, es decir, la proporción de tejido comestible del pez, elevando además el contenido de proteína bruta en el músculo. Paralelamente, los animales mostraron un menor índice hepatosomático y una reducción del contenido total de lípidos, dando como resultado peces más magros y con mejor estado hepático.
Detrás de este efecto hay un mecanismo biológico poco habitual en acuicultura. La cepa C. somerae ZNN-1 no actúa directamente sobre el metabolismo del pez, sino que interactúa con el ecosistema intestinal sintetizando corismato, un metabolito que sirve como precursor para que otras bacterias de la microbiota produzcan vitamina K2 de forma endógena. Este proceso cooperativo dentro del microbioma convierte a la vitamina K2 en el verdadero mediador de los efectos observados.
A nivel muscular, la vitamina K2 favorece la captación de glucosa y activa rutas metabólicas implicadas en la síntesis de proteínas, lo que impulsa la deposición de tejido muscular sin necesidad de aumentar la biomasa total. En paralelo, a nivel hepático, activa mecanismos asociados al catabolismo lipídico, reduciendo la acumulación de grasa y mejorando la salud del hígado.
Este enfoque introduce un cambio relevante en la lógica productiva: optimizar la calidad del crecimiento, y no solo su volumen. En lugar de producir más pescado, el objetivo pasa a ser producir más proteína útil.
No obstante, la ausencia de mejora en crecimiento y el hecho de que parte de los mecanismos hayan sido validados en modelos celulares indican que su aplicación directa en condiciones comerciales aún requiere confirmación, especialmente teniendo en cuenta la dependencia de la microbiota existente en cada sistema de cultivo.
Actualmente, muchos de los probióticos utilizados en acuicultura proceden de fuentes externas como alimentos fermentados o plantas, lo que puede generar incertidumbre sobre su adaptación a los peces. En este contexto, el uso de bacterias autóctonas como C. somerae, presentes de forma natural en el tracto intestinal de especies de agua dulce, refuerza la idea de desarrollar aditivos más específicos, funcionales y potencialmente más seguros.
En un escenario marcado por el coste del pienso y la necesidad de mejorar la eficiencia, la posibilidad de aumentar la proporción de proteína comestible sin incrementar la biomasa abre una nueva vía estratégica para la acuicultura, donde el rendimiento real empieza a medirse más allá del peso final del pez.

