La entrada en vigor del acuerdo BBNJ (“Biodiversidad más allá de la jurisdicción nacional) —el tratado internacional conocido como Tratado de Alta Mar, que comenzará a aplicarse mañana 17 de enero de 2026—, el debate sobre cómo proteger la biodiversidad sin comprometer la seguridad alimentaria global vuelve a intensificarse.
El tratado marca un hito al crear por primera vez un marco jurídico integral para conservar y usar de forma sostenible la biodiversidad marina en aguas internacionales y facilitar la creación de Áreas Marinas Protegidas y exigir evaluaciones de impacto ambiental en actividades potencialmente dañinas fuera de jurisdicción nacional.
En ese contexto, IFFO (The Marine Ingredients Organisation), entidad que representa los intereses del sector de ingredientes marinos, difundió un nuevo artículo científico de acceso abierto publicado en Reviews in Fisheries Science & Aquaculture, liderado por Duncan Leadbitter (University of Wollongong).
El documento surge de un taller financiado por IFFO y pone el foco en un riesgo que rara vez se discute con profundidad: que ciertas estrategias de sostenibilidad acaben trasladando impactos de biodiversidad del océano a la tierra, en lugar de reducirlos globalmente.
El artículo y el comunicado que acompaña IFFO sostienen que el crecimiento de la población y la demanda alimentaria está acelerando la producción global, impulsando cambios en el uso de la tierra, un factor ampliamente vinculado a la pérdida de biodiversidad. Entre las cifras destacadas, se señala que aproximadamente el 83% de la expansión agrícola mundial en las décadas de 1980 y 1990 sustituyó bosques tropicales, evidenciando cómo la necesidad de producir alimentos puede tener consecuencias directas sobre ecosistemas de alta riqueza biológica.
Sobre esa base, el documento plantea que sustituir proteína animal procedente de la pesca de captura por proteína animal generada mediante agricultura y ganadería “probablemente” incrementaría amenazas a la biodiversidad. El argumento se apoya en una premisa central: incluso con diferencias entre modelos productivos, existe un margen limitado para expandir la producción en tierra sin eliminar vegetación nativa, especialmente en regiones donde la frontera agrícola continúa presionando hábitats naturales.
IFFO enmarca el papel de los productos del mar dentro de los sistemas alimentarios sostenibles, subrayando específicamente el rol de pesquerías gestionadas de manera responsable.
En su comunicado, el director técnico de la organización, Brett Glencross, insistió en que hacen falta herramientas que permitan “comparaciones objetivas y localizadas” entre los impactos en biodiversidad de la proteína animal producida en tierra y la pesca marina. IFFO afirma que, con esa meta, ha iniciado un proyecto piloto para desarrollar un marco de biodiversidad basado en indicadores que ayuden a medir impactos y orientar decisiones.
El enfoque en métricas “localizadas” responde a una dificultad estructural del debate: biodiversidad no funciona como un indicador único o universal. El impacto varía por ecosistema, arte de pesca, especie objetivo, gestión efectiva, cumplimiento normativo y presión acumulada, lo que complica las comparaciones directas entre sistemas.
En una de las estimaciones divulgadas junto al artículo, Leadbitter sostiene que reemplazar toda la proteína animal procedente de pesquerías marinas requeriría casi 5 millones de km² de tierra adicional, y que sustituir todos los productos pesqueros utilizados en dietas de acuicultura implicaría convertir más de 47.000 km² de nueva tierra en producción agrícola. Según el planteamiento, estas cifras ayudan a visualizar un posible “efecto rebote”: reducir dependencia de proteína marina sin un análisis sistémico podría multiplicar presiones sobre ecosistemas terrestres.
La entrada en vigor del BBNJ eleva el nivel del debate sobre si debemos elegir entre proteína marina o terrestre, y fuerza la necesidad de medir y compartir impactos con evidencia, para evitar que las soluciones solo trasladen el problema de un ecosistema a otro.

