Tras 25 años de vigilancia exhaustiva, el Instituto Tecnolóxico para o Control do Medio Mariño de Galicia (Intecmar) confirma que las patologías no explican el desplome productivo de la almeja.
El sector se enfrenta hoy a un cambio de paradigma: el problema no ha resultado ser la salud del bivalvo, sino una parálisis operativa por cierres prolongados debido a biotoxinas que ya obligan a la Xunta a activar compensaciones de emergencia por inactividad superior a cuatro meses.
Después de dos décadas y media del Programa de Control de Patologías en Almejas, emerge una conclusión sólida, reveladora y, a la vez, desconcertante, que muestra que el desplome productivo del marisqueo en Galicia no se debe a las enfermedades.
El Intecmar, organismo dependiente de la Consellería do Mar, ha analizado 10.000 ejemplares de almeja fina, babosa, japonesa y roja hasta determinar que los organismos simbiontes detectados son, en su mayoría, inofensivos. Según los informes, la presencia de patógenos reales es residual y carece de impacto negativo en los bancos marisqueros; la salud biológica está controlada, pero la rentabilidad se desangra por otra vía.
El verdadero nudo gordiano del problema actual no es biológico, sino administrativo y ambiental: mientras la almeja permanece sana en el sustrato, la presencia recurrente de toxinas paralizantes y lipofílicas impide legalmente su salida al mercado.
Esta situación ha escalado hasta tal punto que la Xunta de Galicia ha tenido que movilizar 500.000 euros para compensar a los productores que han sufrido cierres ininterrumpidos de más de cuatro meses. En zonas críticas como los polígonos de Bueu y Portonovo, la virulencia de estos episodios ha dejado a medio centenar de titulares de bateas con caídas de ingresos que la administración debe cubrir hasta en un 50%.
Lo que antes se gestionaba como un episodio estacional se ha convertido en un desafío de gestión estructural. La parálisis de la actividad en 2022 no fue un hecho aislado, sino la confirmación de que las toxinas marinas emergen como el factor que distorsiona el mercado y la viabilidad de las empresas.
Con un volumen de negocio que en la almeja alcanzó los 34,1 millones de euros en 2025, el sector no puede permitirse depender de una gestión reactiva ante fenómenos que, según los expertos, requieren ya un enfoque multifactorial que incluya variables ambientales y biológicas más allá de la simple vigilancia sanitaria.
Ante esta realidad, la industria ya no mira solo al microscopio para buscar enfermedades, sino a la gestión técnica de los episodios de cierre. La necesidad de anticipación es lo que está impulsando la adopción de nuevas guías internacionales y estándares de la FAO para la gestión de biotoxinas.
Este giro estratégico busca que la detección temprana y la sectorización de polígonos —como los cinco afectados en Bueu y Portonovo— permitan minimizar el impacto económico de unas prohibiciones que, hasta ahora, han demostrado ser capaces de detener el motor económico del marisqueo gallego.
En definitiva, el problema del marisqueo gallego ya no reside en la salud individual de los moluscos, sino en la capacidad técnica y política de anticipar y gestionar episodios de toxinas cada vez más frecuentes y persistentes.

