No todos los sistemas de producción acuícola afrontan los mismos riesgos sanitarios y, por tanto, no es lo mismo gestionar la bioseguridad en un sistema de recirculación (RAS) que en una instalación de flujo abierto.
En los sistemas RAS, hay un altísimo grado de control ambiental y una mayor eficiencia en el uso del recurso hídrico, pero también introduce una vulnerabilidad mayor si un patógeno logra entrar en el sistema, ya que este puede propagarse con rapidez a través de las distintas unidades conectadas. Además, el propio diseño que aporta estabilidad puede convertirse, en caso de fallo, en un amplificador de problema.
Ahora, una guía europea de bioseguridad para granjas de peces aborda las diferencias entre los distintos sistemas de cultivo utilizados, aportando un marco técnico claro para adaptar las estrategias sanitarias al diseño productivo de cada instalación.
En los sistemas RAS bien diseñados y con protocolos profilácticos correctamente alineados, los peces tienen un alto grado de bioseguridad. Para la mayor eficacia estos sistemas deben estar monitorizando permanentemente el tratamiento de calidad del agua, la desinfección por radiación ultravioleta o el ozono.
Especial atención hay que hacer al mantenimiento de los biofiltros, elementos esenciales para mantener la calidad del agua pero que, si no se controlan adecuadamente, pueden convertirse en reservorios de patógenos oportunistas. A ello se suma la necesidad de contar con sistemas de respaldo – bombas, suministros de oxíogeno y energía – capaces de evitar que un fallo técnico desencadene un problema sanitario de mayor escala.
Los flujos abiertos se enfrentan a desafíos distintos y, posiblemente mayores al estar menos controlados. Aquí el principal punto crítico no está dentro del circuito, sino en la entrada del agua. Cuando esta procede de fuentes superficiales, el riesgo de introducir agentes patógenos desde el entorno externo aumenta de forma significativa. La bioseguridad se convierte entonces en una cuestión de barrera y control de acceso.
En este caso, la guía recomienda proteger físicamente las tomas de agua y, siempre que sea viable, incorporar sistemas de filtración o tratamiento con UV. También insiste en la organización del flujo interno para evitar que el agua que ha pasado por peces adultos alcance a lotes más jóvenes y más vulnerables.
En este contexto, prácticas como el “todo dentro, todo fuera” y el vaciado completo con limpieza, desinfección y secado entre ciclos productivos adquieren especial relevancia como herramientas para romper posibles ciclos de infección.
En definitiva, es claro que en RAS la prioridad es mantener la estabilidad microbiana interna y controlar la diseminación de patógenos externos. Mientras que, en sistemas de flujo abierto, el desafío principal es impedir que el riesgo entre desde fuera a través de mayores controles en el agua de entrada a través de barreras profilácticas potentes.

