La reproducción en acuicultura sigue siendo uno de los grandes desafíos a los que se enfrentan los productores, ya sea por la dificultad para cerrar el ciclo de vida de forma consistente o por una calidad reproductiva irregular. Esta situación limita —y en algunos casos hace directamente inviables— los planes de mejora genética, uno de los pilares para la consolidación industrial de muchas especies.
Para abordar este problema, en los últimos años la investigación ha puesto el foco en la reproducción subrogada. Esta tecnología se basa en el trasplante de células germinales —precursoras de óvulos y espermatozoides— de una especie donante a otra especie receptora, generalmente más fácil de manejar y reproducir. Sobre el papel, permite reducir los costes asociados al mantenimiento del broodstock, acortar los ciclos reproductivos y ganar control sobre el proceso.
El objetivo es que el animal receptor produzca gametos de la especie donante, actuando como un “reproductor sustituto”. No se trata de clonación ni de edición genética, y tampoco elimina la necesidad de programas de selección ni de un manejo reproductivo adecuado. Es, ante todo, una herramienta biotecnológica diseñada para sortear determinadas limitaciones biológicas o logísticas.
Sin embargo, para el sector la cuestión clave no es si la tecnología funciona, sino en qué casos aporta un valor real y en cuáles no cambia el problema de fondo.
La reproducción subrogada resulta más interesante cuando el cuello de botella reproductivo no está en la genética, sino en la biología de la especie o en el propio sistema de producción.
Un primer grupo claro es el de las especies con maduración sexual tardía, donde mantener reproductores durante años implica una elevada inversión de tiempo, espacio y recursos. Es el caso del atún rojo (Thunnus thynnus) o de otros grandes peces marinos de ciclo largo, en los que esta tecnología podría facilitar el trabajo en programas de mejora genética o conservación, más que en una producción comercial directa a corto plazo.
También puede tener sentido en cultivos con alta dependencia de reproductores silvestres, una situación que limita la estabilidad del suministro y dificulta el progreso genético. En este grupo encajan especies como los lenguados marinos (Solea senegalensis o Solea solea), donde la reproducción en cautividad —especialmente en machos nacidos en granja— sigue siendo irregular, o algunas especies de peces planos del género Paralichthys, que aún no han consolidado un ciclo reproductivo plenamente estable.
Otro escenario es el de especies difíciles de manejar como reproductores, ya sea por el tamaño de los ejemplares, por su comportamiento o por una elevada sensibilidad al estrés. La merluza europea (Merluccius merluccius) ilustra bien este tipo de limitaciones, donde el problema es claramente biológico y comportamental.
Finalmente, la reproducción subrogada aparece con frecuencia asociada a programas de conservación y mejora genética, en los que el número de reproductores disponibles es muy reducido. Los esturiones (Acipenser spp.), con ciclos largos y alto valor económico, son uno de los ejemplos más citados en la literatura científica como potenciales beneficiarios de este enfoque.
En todos estos casos, utilizar una especie receptora más robusta o fácil de criar podría ayudar a reducir costes, acortar plazos y facilitar el control reproductivo, siempre como complemento —y no como sustituto— de un sistema de producción bien diseñado.
Por el contrario, la reproducción subrogada no aporta ventajas claras en especies que ya se reproducen bien en cautividad y cuentan con programas de selección genética consolidados. Es el caso del salmón atlántico (Salmo salar), la trucha arcoíris (Oncorhynchus mykiss) o la tilapia (Oreochromis spp.), donde los principales retos productivos están hoy más ligados al entorno, al bienestar o a la sanidad que a la reproducción en sí.
En estos contextos, introducir una tecnología compleja no corrige fallos de base. Como señalan los expertos, si el sistema de producción no funciona, cambiar el reproductor no lo arregla.
Pese a su potencial, la reproducción subrogada sigue enfrentándose a barreras importantes: una elevada complejidad técnica, una compatibilidad limitada entre especies donantes y receptoras, un escalado industrial todavía muy reducido y unos costes que la sitúan, por ahora, más cerca del I+D que de la producción comercial.
Además, no sustituye a una comprensión profunda de la fisiología reproductiva ni elimina la necesidad de mejorar el manejo y las condiciones de cultivo.
En definitiva, la reproducción subrogada no es una solución universal para la acuicultura, pero sí una señal clara de hacia dónde se dirige parte de la investigación. Su interés real dependerá siempre de la especie, del contexto productivo y de si el cuello de botella es biológico, logístico o de sistema. Para el sector, el verdadero reto no está en adoptar la tecnología más novedosa, sino en identificar cuándo una herramienta encaja —y cuándo no— en la realidad de cada cultivo.

