La ciencia empieza a confirmar que los insectos pueden desempeñar un papel relevante en la alimentación acuícola gracias a su aporte de proteínas y grasas, siempre que se produzcan a partir de sustratos adecuados y con una composición nutricional controlada. Entre sus fracciones, los aceites están despertando especial interés como alternativa a determinadas grasas animales terrestres utilizadas en la formulación de piensos.
Un ejemplo es el aceite de larva de mosca soldado negra, que en ensayos experimentales con juveniles de especies marinas ha demostrado que puede sustituir grasas de origen aviar sin penalizar el rendimiento. Aunque no constituye por sí mismo una fuente significativa de EPA y DHA, puede funcionar como fuente energética y, en determinados tratamientos, se han observado incluso mejoras en crecimiento y conversión alimenticia.
La cautela aparece al trasladar estos resultados fuera del ensayo. La respuesta puede variar entre especies y niveles de inclusión, y que una sustitución funcione durante unas semanas con juveniles no garantiza el mismo resultado durante el engorde o a lo largo de un ciclo productivo completo. Demostrar equivalencia nutricional en condiciones controladas tampoco significa que el ingrediente sea automáticamente competitivo o reproducible a escala comercial.
A esto se suma que no existe un único perfil de aceite de mosca soldado negra. Su composición depende, entre otros factores, del sustrato utilizado para producir las larvas. Materias primas marinas o microalgas pueden aumentar su contenido en omega-3, incluidos EPA y DHA, pero plantean otra cuestión: cuánto cuesta obtener ese perfil y qué ventaja supone utilizar al insecto como intermediario de nutrientes que proceden originalmente de otras fuentes.
La cuestión decisiva pasa entonces de saber si el aceite puede sustituir técnicamente a otra grasa a determinar cuándo compensa hacerlo.
En una fábrica de piensos, precio, disponibilidad, regularidad entre lotes y continuidad del suministro son tan importantes como la respuesta biológica de los peces. Una mejora de la conversión podría compensar un mayor coste de inclusión, pero eso solo podrá comprobarse cruzando rendimiento y costes reales con volúmenes propios de una producción industrial.
Antes de hablar de una adopción amplia serán necesarias pruebas con peces de mayor tamaño, periodos más largos y condiciones reales de granja, además de evaluar estabilidad del ingrediente y calidad final del pescado.
Y quedará todavía otra prueba fuera de la fábrica y de la granja: comprobar cómo percibe el consumidor que los peces de cultivo sean alimentados con ingredientes procedentes de insectos.
La viabilidad nutricional empieza a acumular evidencias; demostrar su conveniencia económica, productiva y comercial es el siguiente paso.