La acuicultura representa la mejor y más sostenible posibilidad de seguir incorporando proteína animal de calidad a la alimentación mundial, que en 2050 se compondrá de más de 9.600 seres humanos.
Además, en la regiones en vías de desarrollo en las que se está incorporando esta actividad, se están mejorando las condiciones de vida de sus habitantes. A modo de ejemplo, la región sur de Chile que antes de aparecer la actividad salmonicultora era de las zonas con tasas más altas de desempleo, ha pasado a convertirse, con el desarrollo de la industria del salmón y del mejillón, en una de las zonas de mayor ocupación del país.
En poco más de 40 años la producción acuícola mundial ha ido escalando posiciones hasta la actualidad, en la que ya es capaz de proveer más de la mitad del los productos acuáticos que se consumen en el mundo. Son cuatro décadas en las que, a pesar de lo que se piense, no se ha producido ningún accidente de consideración y su posible impacto ha superado todos los escrutinios.
Ni siquiera, y a pesar de los peores pronósticos de hace una década, se ha necesitado aumentar la producción de harina y aceite de pescado mundial para hacer crecer la acuicultura alimentada, y eso, que ésta representa la mitad de la producción acuícola mundial.
Más personas en el mundo se alimentan de pescado y marisco, y además, en más cantidad, ya se han superado los 20 kilogramos por persona y año, y eso es un mérito que se lo debemos a la acuicultura, ya que como lo indica la FAO, el 90 por ciento de las pesquerías en el mundo están sobreexplotadas. La acuicultura es la única alternativa de hacer crecer los productos acuáticos.
En términos sostenibles y de producción, es altamente eficiente si se compara con la avicultura, porcicultura o ganadería de vacuno. Igualmente es más sostenible en términos de consumo de agua dulce y huella de carbono. Entonces, ¿Por qué es una actividad que siempre está en el punto de mira de los ambientalistas?
Campañas agresivas como la que ha tenido que sufrir el panga en Vietnam o la salmonicultura en Chile son los ejemplos más visibles de los ataques que sufre la actividad a diario.
En España, se da una paradoja digna de estudio. En Galicia es el sector productor del mejillón (que ha colonizado todas las aguas interiores de las Rías) el que detiene a golpe de manifestación cualquier intento de desarrollar una legislación moderna capaz de poner en el siglo XXI su propio sector e incorporar la piscicultura intensiva. Y mientras, en Andalucía, en el mismo momento, cualquier intento de desarrollar la actividad productora de mejillón es frenada por el lobbie turístico, que en comunión con el pesquero, que no quiere que nada cambien en la costa.
Todas la críticas que se hacen en nuestro país sobre la actividad piscicultora se hace en base a informaciones de mala praxis en países terceros, en los que se saltan todas las regulaciones para todas las ganaderías, no solo la acuícola.
Entonces, con todos los datos a favor de la actividad, no cabe otra cosa que decir que su problema no es de sostenibilidad, es de falta de imagen favorable, o de que los organismos encargados de mejorarla hagan su trabajo como corresponde, sin necesidad de aumentar un euro más su asignación.

