La persistencia de la sequía y las temperaturas extremas está convirtiendo el acceso al agua en un riesgo directo para la acuicultura continental europea.
El descenso de los niveles, el calentamiento del agua y la pérdida de oxígeno han afectado a explotaciones en estanques y sistemas de flujo abierto, poniendo de manifiesto una vulnerabilidad que la aireación, la reducción de la alimentación o el traslado de peces pueden contener, pero no resolver sin una gestión hídrica a largo plazo.
En Hungría se han secado alrededor de 1.588 hectáreas de estanques y han muerto cerca de 280 toneladas de peces en 20 explotaciones, según los datos comunicados por el Ministerio de Agricultura y Economía Alimentaria.
Las pérdidas de ingresos se estiman en 1.300 millones de florines, unos 3,3 millones de euros, mientras los productores advierten de que reponer los peces perdidos y reconstruir los ciclos productivos podría requerir varios años.
El impacto resulta especialmente significativo porque la acuicultura húngara depende en gran medida de los estanques de tierra. El país dispone de aproximadamente 27.000 hectáreas dedicadas a este modelo, que representa el 75% de su producción acuícola.
Estos sistemas extensivos y semiintensivos, destinados principalmente a carpa común y otras especies continentales, necesitan agua suficiente no solo para mantener el volumen de los estanques, sino también para controlar la temperatura, el oxígeno y la calidad del medio de cultivo.
En Rétimajor, uno de los mayores complejos piscícolas del país, unas 150 hectáreas estaban completamente secas en agosto, mientras los peces permanecían confinados en apenas 30 o 40 centímetros de agua en otras 400 hectáreas. La empresa atribuye las pérdidas a la insuficiencia del suministro y a la competencia con el regadío aguas arriba.
La autoridad hidráulica regional sostiene, por su parte, que la evaporación excepcional y la falta de oxígeno, más que las extracciones agrícolas, fueron los factores determinantes. La controversia plantea una cuestión que también afecta a otros países europeos: cómo repartir el agua entre agricultura, ganadería, acuicultura, ecosistemas y otros usos durante periodos prolongados de escasez.
La presión se extiende a otras zonas de Europa. Los productores de carpa de Rumanía advierten de que las consecuencias de una sequía pueden prolongarse durante tres o cuatro años debido a la duración del ciclo productivo.
En República Checa, algunas explotaciones han reducido o suspendido la alimentación, aumentado la aireación o vaciado estanques, mientras las granjas de trucha de Bosnia y Herzegovina han recurrido a una costosa oxigenación ante el aumento de las temperaturas. Estas medidas pueden evitar mortalidades inmediatas, pero también elevan los costes, ralentizan el crecimiento y reducen la biomasa disponible para futuras cosechas.
La situación constituye una advertencia para el conjunto de la acuicultura continental europea, incluida la española, especialmente para las instalaciones que dependen de caudales naturales o sistemas de flujo abierto. El almacenamiento y la retención de agua, la revisión de las densidades, la capacidad de aireación y oxigenación, la monitorización térmica y unas reglas de asignación más claras tendrán que incorporarse progresivamente a la planificación productiva.
La seguridad hídrica empieza así a situarse al mismo nivel que el alimento, la sanidad o la energía: sin un suministro suficiente y estable de agua de calidad, tampoco puede darse por garantizada la capacidad de producción.

