El turismo, como cualquier otra industria, viene acompañado de una serie de problemas que impactan en el medio ambiente: reducen la disponibilidad de recursos, incluyendo la degradación del aire, el agua y la erosión de las playas y destrucción de ecosistemas naturales.
Por eso no es de extrañar que en Lanzarote, con 151 000 habitantes hayan dicho basta a la entrada masiva de turistas. Según datos aportados recientemente, en 2022 entraron en la isla 2,5 millones de turistas, 17 veces su población natural.
El hartazgo ha llegado a tal nivel que el Cabildo de la isla ha avanzado durante la celebración de FITUR, la feria del turismo, la idea de declararse como “zona saturada turísticamente”, algo para lo que aseguran existe “un amplio consenso social”.
Entre los impactos anteriormente señalados cabe destacar también los cambios culturales que esta actividad produce en la población, desigualdad económica derivada de que se favorecen unos negocios en detrimento de otros, y de seguridad.
Es por eso que es importante abordar este problema desde distintos enfoques. Uno de ellos es el de mejorar la calidad frente a la cantidad del turismo. Otro enfoque pasa por diversificar con otras actividades económicas que permita el desarrollo igualitario y la justicia salarial.
Debido a su insularidad, pocas son las oportunidades para diversificar la economía. Sin embargo, hay buenas noticias: la acuicultura podría ser una de esas alternativas. El problema es que no es una actividad vista con buenos ojos, precisamente por la presión de la industria turística por monopolizar la economía de la isla.
Como siempre, queda mucho trabajo para mejorar la aceptabilidad social de la actividad acuícola y mejorar la percepción de la ciudadanía.
Estos días se presenta un nuevo proyecto para lanzar la actividad en la isla, esperemos que pueda seguir adelante y servir de ejemplo para demostrar que un futuro más diverso es posible.

