La posibilidad de monitorizar en tiempo real lo que ocurre dentro de los peces marcará uno de los mayores cambios en la acuicultura. Los biomarcadores permitirán pasar de un modelo reactivo, basado en síntomas visibles, a otro preventivo apoyado en señales biológicas tempranas, actuando antes de que los problemas tengan impacto productivo.
Este enfoque transformará la gestión de las granjas al añadir una nueva capa de información sobre la respuesta biológica del pez. Frente al control tradicional basado en parámetros del agua, los biomarcadores permitirán entender cómo afectan realmente las condiciones de cultivo al organismo, situando la biología del animal en el centro de la toma de decisiones.
En la práctica, esto permitirá anticipar enfermedades, ajustar la alimentación según el estado fisiológico real, optimizar el bienestar mediante el seguimiento del estrés y mejorar la reproducción a través de la selección de reproductores basada en perfiles biomoleculares. Su integración con biosensores e inteligencia artificial impulsará además una acuicultura de precisión basada en datos biológicos, con impacto también en la calidad y trazabilidad del producto.
Sin embargo, su implantación será progresiva. El sector se encuentra en una fase intermedia en la que algunos biomarcadores ya se utilizan en diagnóstico y ensayos, pero aún no están integrados en la operativa diaria. La estandarización, el coste y la adaptación a condiciones reales siguen siendo los principales retos.
La adopción será desigual. Los centros de reproducción comercial y la gestión de reproductores liderarán su uso, seguidos por grandes productores intensivos, empresas de nutrición y sanidad, y sistemas RAS. En modelos más extensivos, su incorporación será más lenta.
¿Quiénes están liderando la implantación?
Aunque su uso aún no es generalizado, ya existen ejemplos claros de aplicación en granja. En Noruega, Nofima y Mowi han utilizado biomarcadores transcriptómicos e inmunológicos para evaluar dietas funcionales y resistencia a enfermedades en condiciones productivas. En paralelo, grandes fabricantes de pienso están incorporando indicadores fisiológicos, inmunológicos y moleculares en sus programas de I+D para evaluar el impacto de dietas en condiciones productivas.
Trabajos conjuntos entre Skretting y CIIMAR han permitido medir parámetros fisiológicos e intestinales en especies mediterráneas como lubina y dorada en entornos semi-comerciales. En España, el IEO-CSIC ha aplicado biomarcadores para evaluar el estrés y desarrollar protocolos de manejo y bienestar transferibles a granja.
Otros centros, como MIGAL en Israel, avanzan en sistemas de detección precoz de enfermedades, mientras que nuevas tecnologías, como biosensores de glucosa o el análisis del microbioma, abren la puerta a la monitorización continua y a sistemas de alerta temprana.
En paralelo, iniciativas como AQUA-FAANG están integrando biomarcadores genéticos en programas de selección, y plataformas como BiOceanOr o Observe Technologies están desarrollando la infraestructura digital que permitirá integrar estos datos en la gestión diaria.
En conjunto, estos ejemplos reflejan una realidad clara: los biomarcadores ya están presentes en la acuicultura, pero principalmente como herramientas de validación y apoyo a decisiones. El siguiente paso será su integración en sistemas continuos basados en sensores e inteligencia artificial.
La transición no será inmediata ni visible, sino progresiva. Más que granjas completamente monitorizadas, el sector avanzará hacia sistemas donde los biomarcadores influyan cada vez más en las decisiones. Todo apunta a que la tecnología está lista y que la integración completa es el siguiente paso, ya en marcha.

