Los productos de la acuicultura se han convertido en uno de los alimentos más globalizados del mundo, existiendo un fuerte desbalance entre lo que se produce y lo que se consume. Los países en desarrollo son responsables del 80% de pescado y marisco que se produce en el mundo, convirtiéndolos en proveedores de los países industrializados de Europa y América del Norte, que importan entre el 60 y el 70% de este total.
Hoy en día, es común producir los peces en un país, procesarlo en otro país y consumirlo en un tercer país diferentes. Como consecuencia, unos países se convierten en proveedores de otros, alterando las mejores condiciones para la seguridad alimentaria de los países en desarrollo y la distribución equitativa de la riqueza, así como la imposibilidad en estos países de tener alimentos nutritivos todo el año para su población.
Los mayores beneficios en el desarrollo social y económico son ofrecidos por los productores de pequeña escala, mientras que las grandes productoras y distribuidoras, son manejadas por multinacionales dedicadas, principalmente a la producción y venta de pescado y marisco para exportar.
Lo irónico del caso es que mientras en Europa y Norte América se obliga a mantener altos estándares de producción, en países en desarrollo donde la normativa es mas laxa se sigue deforestando manglar para engordar la barriga de los europeos.
Ahora que el cambio climático nos está haciendo tomar conciencia de la necesidad de ser más sostenibles, tenemos que plantearnos si el modelo de comercio de países pobres produciendo pescado y marisco para países ricos es lo mejor para las personas y el planeta. No parece que lo mejor para el ambiente sea transportar mercancías de una parte a otra del planeta, teniendo la opción de producirlas localmente.
¿No sería mejor para ambas partes de la problemática conseguir un comercio más local? En ambas regiones se fomentaría la economía local, el desarrollo económico y la distribución de la riqueza de una forma más equitativa y sostenible.

