El langostino blanco (Penaeus vannamei) se ha convertido en una de las especies más versátiles de la acuicultura mundial. Su tolerancia ambiental, crecimiento rápido y fuerte demanda comercial han permitido que su cultivo se expanda más allá de las zonas costeras tradicionales hacia sistemas interiores de baja salinidad, apoyados en aguas subterráneas, aguas reutilizadas o mezclas salinas artificiales.
Esta expansión abre oportunidades productivas en regiones semiáridas o alejadas del litoral, reduce la presión sobre ecosistemas costeros y permite diseñar sistemas con mayor control sanitario.
Pero también introduce una dificultad técnica que no siempre se entiende bien: cultivar langostino lejos del mar no consiste simplemente en usar agua con poca sal.
La baja salinidad puede ser viable, pero solo si el agua mantiene una composición química compatible con la fisiología del animal.
En sistemas interiores, el problema no suele ser únicamente la cantidad total de sales, sino el desequilibrio entre iones esenciales como sodio, potasio, magnesio y calcio. Cuando estas relaciones no están bien ajustadas, el langostino debe dedicar más energía a regular su equilibrio interno, lo que puede traducirse en menor crecimiento, peor conversión alimenticia, más estrés y mayor sensibilidad frente a patógenos.
¿Dónde están los límites productivos ideales?
La evidencia científica, recogida en un estudio publicado en Critical Insights in Aquaculture muestra que el langostino tropical vannamei, puede mostrar resultados en salinidades moderadas especialmente entre 5 y 15 ppt, siempre que la composición iónica del agua sea adecuada. Algunos estudios sitúan incluso alrededor de 17 ppt una zona próxima al óptimo fisiológico.
En salinidades muy bajas, especialmente entre 0 y 3 ppt, el langostino gasta más energía en osmorregular y dispone de menos energía para crecer. Si no se corrigen los iones del agua y no se adapta la dieta, aumentan el estrés, los problemas de muda, la peor conversión alimenticia y la vulnerabilidad sanitaria.
Por eso, las dietas diseñadas para estos sistemas de baja salinidad no pueden ser simples adaptaciones de piensos convencionales. Deben considerar mayores demandas energéticas, minerales, ácidos grasos esenciales y nutrientes que ayuden a sostener a los langostinos.
¿Cómo se gestionan los sistemas RAS, BioRAS o biofloc de baja salinidad?
En sistemas RAS, BioRAS o biofloc de baja salinidad, la gestión no depende solo de filtrar o renovar agua, sino de mantener estable la calidad del agua, el equilibrio iónico, la microbiota, la alimentación y la carga orgánica.
En baja salinidad, producción, salud animal y agua forman un mismo sistema. Para que el langostino crezca bien, hay que evitar picos de amonio y nitrito, controlar la carga orgánica, ajustar la dieta y mantener una matriz mineral adecuada.
En RAS y BioRAS es clave controlar la recirculación, la retirada de sólidos, la biofiltración, el pH y la mineralización del agua, corrigiendo elementos como potasio, magnesio, calcio y fósforo.
En biofloc, la prioridad es mantener una comunidad microbiana activa que transforme el nitrógeno, estabilice el sistema y aporte alimento complementario.

