La mejora continua de la acuicultura es un reto diario en el que intervienen todos los eslabones de la cadena de producción. Los productores de alimentos son los que tienen la mayor parte de la responsabilidad ya que deben proveerse de materias primas que aporten el mayor rendimiento con el menor coste económico y las mayores garantías medioambientales.
Sin embargo, al final, será el consumidor el que tendrá la última palabra; y, a veces, las razones por las que pueden no introducirse ciertos ingredientes obedecen más a cuestiones filosóficas que a la razón científica.
Se podría poner como ejemplo el caso del rechazo que reciben los OGM (Organismos Modificados Genéticamente) en Europa, y por qué puede llegar a ser un obstáculo el desarrollo de una tecnología que permita que la canola modificada genéticamente llegue a producir EPA y DHA para su uso en alimentación animal.
Es algo parecido a lo que ocurre en Francia y en Noruega, con el rechazo a introducir harinas animales terrestres en el alimento para salmónidos.
La harina de insectos son una gran fuente sostenible y nutritiva para su uso en acuicultura. Sin embargo, ¿podría ser objeto de rechazo por parte del consumidor?

