MACROALGAS | CAPACIDAD DE CARGA

El cultivo de algas en Europa necesita saber hasta dónde puede crecer sin perder rentabilidad, licencia social ni capacidad ecológica

Global, 29/06/2026 | Si las algas se presentan como una solución para demasiados problemas sin resultados tangibles, la pérdida de confianza puede convertirse en una barrera para el propio sector

Bosque de algas Kelp

El cultivo de algas se ha convertido en uno de los grandes símbolos de la bioeconomía azul europea. Se le atribuye potencial para producir biomasa destinada a alimentación, piensos, cosmética, envases, bioestimulantes agrícolas o mitigación de la eutrofización.

Sin embargo, su desarrollo no dependerá únicamente de disponer de más superficie marina o de más concesiones. La cuestión decisiva será saber hasta dónde puede crecer sin perder rentabilidad, licencia social ni capacidad ecológica.

Esta es la idea central de un estudio internacional publicado en la revista Aquaculture, que analiza cómo debería crecer el cultivo de macroalgas en Europa y Norteamérica, donde el sector aún busca modelos rentables y socialmente aceptados frente al liderazgo productivo de Asia.

El trabajo plantea que el sector debe avanzar combinando dos dimensiones que a menudo se analizan por separado: las barreras que impiden escalar la actividad y los umbrales que no deberían superarse si se quiere evitar un impacto inaceptable sobre el medio ambiente y la sociedad.

El enfoque es especialmente relevante para Europa, donde la acuicultura de macroalgas sigue en una fase incipiente frente al dominio asiático del mercado mundial.

Mientras muchas estrategias públicas presentan las algas como una actividad regenerativa, baja en insumos y alineada con el Pacto Verde Europeo, los autores advierten que la expansión no puede apoyarse únicamente en expectativas positivas.

También debe incorporar costes reales, limitaciones de mercado, conflictos de uso del espacio marino, capacidad administrativa, aceptación social, riesgos ecológicos y seguridad alimentaria.

El estudio parte del concepto de capacidad de carga, utilizado tradicionalmente en acuicultura para estimar cuánto puede producir un sistema antes de causar impactos ambientales no aceptables.

Sin embargo, los autores amplían este enfoque y proponen hablar de una ventana de operación sostenible: un rango en el que la actividad supera las barreras que bloquean su desarrollo, pero se mantiene por debajo de los límites de cambio aceptable para el ecosistema y la sociedad.

Para construir este marco, los investigadores realizaron un estudio Delphi en tres rondas con expertos internacionales en cultivo de algas, capacidad de carga y especies de bajo nivel trófico. El resultado es una lista priorizada de factores que condicionan la viabilidad de una granja y de impactos potenciales derivados de la actividad.

Entre los principales factores limitantes aparecen la baja rentabilidad, los elevados costes operativos, la falta de casos de negocio consolidados, la inmadurez del mercado, las dificultades para obtener licencias y permisos, la falta de inversión tecnológica, la ausencia de zonificación específica en los planes de ordenación marítima, la incertidumbre climática, el fouling, la falta de madurez tecnológica para escalar, la aceptación social y la posible acumulación de metales pesados en la biomasa.

Para los autores, en Europa, el cuello de botella de las algas no está únicamente en el mar, sino también en el mercado, la regulación y la percepción social.

“Una explotación puede tener potencial ambiental y, aun así, no ser viable si no existe demanda suficiente, si el producto no compite en precio con biomasa procedente de Asia, si los permisos son lentos o costosos, o si la comunidad local percibe que los beneficios prometidos no se materializan.”

Entre los impactos negativos, los expertos señalan varios riesgos que conviene vigilar antes de escalar el cultivo de macroalgas.

Algunos son sociales y económicos, como generar expectativas excesivas sobre el sector, provocar rechazo entre los pescadores si se ocupan caladeros tradicionales, favorecer la concentración del negocio en grandes empresas o perder apoyo social si los beneficios prometidos no se cumplen.

Otros están relacionados con el uso del espacio marino, como los conflictos con el turismo, la navegación u otras actividades costeras.

También hay riesgos ambientales y productivos, entre ellos la contaminación por plásticos y cabos, la dispersión de especies no autóctonas, el intercambio genético con poblaciones silvestres, la aparición de enfermedades, las emisiones de las embarcaciones, la acumulación de yodo o metales pesados en la biomasa, la competencia por luz y nutrientes, y los posibles cambios en la sedimentación, la hidrodinámica y los hábitats del fondo marino.

Uno de los puntos más relevantes del trabajo es que los autores no presentan estos indicadores como una lista universal cerrada. Al contrario, insisten en que los umbrales deben ajustarse al contexto local.

No es lo mismo cultivar algas en una zona eutrofizada, donde la captación de nutrientes puede considerarse un servicio ecosistémico, que hacerlo en aguas oligotróficas, donde una extracción excesiva podría alterar la productividad natural. Tampoco es igual operar en una costa con fuerte tradición pesquera que en un área ya planificada para actividades acuícolas.

De ahí que el estudio subraye la importancia de integrar a productores, administraciones, científicos, pescadores, comunidades locales, inversores y otros usuarios del espacio marino desde la fase inicial.

“Según los autores, los límites de lo aceptable no son solo una cuestión biofísica, sino también social y política. La capacidad de carga ecológica acaba dependiendo, en parte, de cómo una comunidad valora los beneficios, costes y compensaciones de una actividad.”

Qué debe evaluar una granja de macroalgas antes de escalar

Dimensión a evaluar Pregunta clave antes de escalar Qué debe vigilarse
Rentabilidad y mercado ¿La granja puede ser económicamente viable? Costes operativos, precio del producto, demanda real, competencia con biomasa importada y existencia de compradores estables.
Licencias y ordenación marítima ¿El proyecto puede obtener permisos sin quedar bloqueado durante años? Carga administrativa, claridad normativa, disponibilidad de zonas aptas y encaje en los planes de ordenación del espacio marítimo.
Tecnología y escala ¿La tecnología permite producir a mayor escala sin disparar costes o riesgos? Sistemas de cultivo, cosecha, procesado, automatización, acceso a infraestructuras y capacidad para operar en condiciones meteorológicas adversas.
Aceptación social ¿La comunidad local acepta el proyecto? Relación con pescadores, usuarios del litoral, administraciones, población local e imagen pública de la actividad.
Uso del espacio marino ¿El cultivo compite con otras actividades? Posibles conflictos con pesca, turismo, navegación, conservación o usos tradicionales del litoral.
Seguridad alimentaria ¿La biomasa producida cumple requisitos de consumo o uso industrial? Acumulación de yodo, metales pesados u otros compuestos que puedan limitar su destino comercial.
Riesgos ecológicos ¿La granja puede alterar el ecosistema local? Dispersión de especies no autóctonas, flujo genético, enfermedades, competencia por luz y nutrientes, cambios en sedimentación, hidrodinámica y fondo marino.
Servicios ecosistémicos ¿El proyecto aporta beneficios medibles al entorno? Captación de nutrientes, mejora del hábitat, producción de biomasa útil y posibles beneficios ambientales reales, no solo declarados.

Fuente: elaboración de misPeces a partir del estudio publicado en Aquaculture sobre la ventana operativa sostenible para el cultivo de macroalgas.

Una propuesta de 12 pasos

La propuesta del estudio es pasar de una lógica de promoción general del cultivo de algas a una evaluación caso por caso. Antes de autorizar o escalar una granja, habría que definir quiénes son los actores afectados, qué beneficios puede aportar el proyecto, qué impactos debe evitar, qué indicadores se van a medir y qué límites no deberían superarse.

“Para Europa, esto implica que el cultivo de macroalgas no debe crecer solo porque tenga buena imagen ambiental ni frenarse por precaución genérica. Necesita criterios claros para diferenciar proyectos viables de iniciativas sobredimensionadas, y para saber qué escala de producción es compatible con la rentabilidad, la aceptación social y la capacidad del ecosistema.”

El mensaje de fondo es también una advertencia contra el exceso de expectativas. Si las algas se presentan como una solución para demasiados problemas —clima, alimentación, piensos, bioplásticos o empleo rural—, pero luego no generan resultados tangibles, la pérdida de confianza puede convertirse en una barrera para el propio sector.

Por eso, la expansión de las algas en Europa no dependerá solo de disponer de más concesiones o más superficie marina. Dependerá de demostrar que cada proyecto puede operar dentro de una ventana sostenible: con escala suficiente para aportar valor, pero sin comprometer el ecosistema, el espacio marítimo ni la legitimidad social de la actividad.

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