Controlar la proporción de machos y hembras puede tener interés productivo en especies de acuicultura donde existen diferencias de crecimiento, maduración o valor comercial entre ambos sexos. En este contexto, las isoflavonas de la soja, y especialmente la genisteína, están despertando interés por su capacidad para interactuar con las vías estrogénicas que intervienen durante la diferenciación sexual de los peces.
La evidencia disponible muestra que pueden modificar el desarrollo gonadal, aunque el efecto depende fuertemente de la especie, la dosis y el momento de exposición.
El caso mejor documentado es el de la anguila japonesa (Anguilla japonica). En un ensayo realizado durante la fase de diferenciación sexual, una dieta con 10 gramos de isoflavonas por kilogramo de pienso produjo un 91,6 % de hembras, mientras que con 50 gramos por kilogramo la proporción alcanzó el 96,6 %.
En los animales no tratados predominaban claramente los machos. Los experimentos con los componentes individuales identificaron además a la genisteína como mucho más eficaz que la daidzeína y mostraron cambios en la expresión de genes asociados al desarrollo ovárico y testicular.
La respuesta, sin embargo, no puede extrapolarse automáticamente a otros peces. En bagre de canal (Ictalurus punctatus), la genisteína también modificó la diferenciación sexual, pero provocó una mayor presencia de machos e individuos intersexuales.
En esturión ruso (Acipenser gueldenstaedtii), por su parte, los tratamientos con fitoestrógenos tuvieron efectos mucho más limitados sobre la proporción final de sexos y algunos estuvieron asociados a alteraciones gonadales. Estos resultados muestran que las isoflavonas no constituyen simplemente un agente de feminización, sino compuestos capaces de interferir de manera diferente con los mecanismos que controlan el desarrollo sexual.
Para la acuicultura mediterránea, una de las preguntas más interesantes se plantea en la lubina europea (Dicentrarchus labrax).
Su determinación sexual depende de la interacción entre genética y ambiente, y factores como la temperatura durante las primeras etapas pueden modificar significativamente la proporción de machos y hembras.
También está demostrado que la vía de los estrógenos participa directamente en la diferenciación femenina y que la genisteína es capaz de activar los tres receptores nucleares de estrógenos de la especie. Sin embargo, todavía no se ha probado que su incorporación al pienso durante la diferenciación sexual permita aumentar de manera controlada la proporción de hembras.
En el lenguado senegalés (Solea senegalensis) también existen indicios de actividad biológica. Experimentos realizados durante las primeras fases de desarrollo han mostrado que la genisteína puede modificar temporalmente marcadores relacionados con la señalización estrogénica y tiroidea.
Estos trabajos no estudiaron la proporción sexual y, por tanto, no permiten hablar de feminización, pero refuerzan la idea de que los fitoestrógenos presentes en ingredientes vegetales pueden interactuar con sistemas hormonales sensibles durante etapas tempranas del desarrollo.
Las isoflavonas deben considerarse por ahora una herramienta experimental de diferenciación sexual y no una tecnología disponible para las granjas. Los resultados de la anguila demuestran que, al menos en determinadas especies, la alimentación puede utilizarse para dirigir el desarrollo sexual, pero los efectos encontrados en bagre y esturión advierten de que no existe una respuesta universal.
En especies de interés mediterráneo como la lubina, el siguiente paso sería comprobar si una intervención nutricional durante la ventana adecuada puede generar poblaciones con una proporción sexual predecible y productivamente ventajosa, evaluando al mismo tiempo crecimiento, bienestar, estabilidad del efecto y posibles consecuencias reproductivas a largo plazo.

