Las mareas de algas suelen entrar en la conversación pública en verano, cuando llegan a las playas y obligan a los servicios municipales a retirarlas, con costes para las administraciones y para las actividades económicas del litoral.
Es entonces cuando surge una pregunta recurrente: ¿puede esta biomasa revalorizarse como materia prima para la bioeconomía marina? La respuesta corta es sí, pero con condiciones. Las algas contienen compuestos de interés, como polisacáridos sulfatados, proteínas, minerales, compuestos fenólicos y otros ingredientes con potencial en alimentación funcional, biomateriales, agricultura, cosmética, bioenergía o aplicaciones biomédicas.
Pero transformar una marea verde en recurso no consiste simplemente en recoger algas de la costa y llevarlas a una planta de procesado. Requiere anticipación, trazabilidad, control de calidad, procesos industriales robustos y mercados capaces de pagar por productos de valor añadido.
La dificultad está en que los arribazones son muy variables. Su composición cambia según la zona, la estación, el estado fisiológico del alga, el nivel de degradación, el contenido en sales, la carga microbiana, la posible presencia de contaminantes y el tiempo transcurrido desde la recogida.
Por eso, si la biomasa no se detecta a tiempo, no se caracteriza y no se procesa con rapidez, buena parte de su valor potencial se pierde antes incluso de llegar a la industria.
El problema de las mareas de algas es global, aunque cambia la forma de abordarlo. En el Mar Amarillo, en China, las proliferaciones recurrentes de lechuga de mar, asociadas a Ulva prolifera, son uno de los casos más estudiados del mundo. Allí se han desarrollado herramientas de monitorización por satélite, modelos de predicción, detección temprana mediante ADN ambiental y estrategias de retirada o control en origen.
El cambio estratégico consiste en pasar de una gestión reactiva del residuo a una cadena organizada de alerta temprana, interceptación precisa y conversión de alto valor.
Para Europa, este modelo no debe copiarse de forma directa, pero sí puede servir como referencia. La lógica es pasar de una gestión reactiva del residuo a una cadena organizada de alerta temprana, interceptación precisa y conversión de alto valor.
Las tecnologías de teledetección permiten estimar la extensión y evolución de la mancha de algas. Los modelos hidrodinámicos ayudan a prever su deriva. El ADN ambiental puede detectar propágulos antes de que la proliferación sea visible. Estas herramientas son tan importantes como la posterior recogida, tratamiento y valorización de la biomasa.
El gran reto ya no es demostrar que los compuestos de las algas son interesantes. Eso está ampliamente documentado, especialmente en el caso de los ulvanos y otros polisacáridos sulfatados. La cuestión es producirlos de manera constante, segura y rentable.
Tampoco todas las rutas de valorización tienen el mismo grado de madurez. Algunas siguen en fase de laboratorio, otras han avanzado a escala piloto y muy pocas pueden considerarse plenamente consolidadas desde el punto de vista industrial. Además, las aplicaciones de mayor volumen no siempre son las de mayor valor añadido.
En conjunto, las algas deben entenderse como una plataforma de biorrefinería, no como una materia prima única. Su aprovechamiento puede combinar varias salidas, desde productos de bajo valor y gran volumen hasta ingredientes funcionales más exigentes y mejor remunerados.
Para que su uso sea viable en alimentación, piensos, salud animal o aplicaciones funcionales, deben estar documentadas la dosis, la estabilidad, la biodisponibilidad, la seguridad, el coste de extracción, la regulación aplicable y la eficacia en condiciones reales.
La clave, por tanto, no es preguntar solo si las algas tienen valor, sino qué parte de esa biomasa puede capturarse en condiciones adecuadas, transformarse con garantías y venderse en un mercado dispuesto a pagar por algo más que una solución ambiental.
Sin esa cadena completa, el recurso vuelve a ser residuo.

