Las temperaturas marinas extraordinarias registradas este verano en Europa anticipan un escenario de mayor riesgo para la acuicultura mediterránea. Un análisis de World Weather Attribution estima que el cambio climático ha añadido alrededor de 2 °C a la anomalía térmica observada en el Mediterráneo y 1,4 °C en el Golfo de Vizcaya y las aguas de la península ibérica.
Durante 2026, aproximadamente el 80 % del Mediterráneo occidental y el 90 % de la costa ibérica y el Golfo de Vizcaya han experimentado condiciones de ola de calor marina.
Para la acuicultura, el factor decisivo no es únicamente el aumento de la temperatura media, sino la intensidad y duración de estos episodios. El agua caliente contiene menos oxígeno mientras los peces incrementan simultáneamente su metabolismo y su demanda de oxígeno. Cuando ambas circunstancias coinciden con elevada biomasa, poca circulación o estratificación de la columna de agua, pueden reducirse la ingesta y el crecimiento y aumentar el riesgo sanitario.
El efecto sobre la dorada no es completamente negativo. Un calentamiento moderado puede acelerar su crecimiento, reducir los periodos invernales de baja ingesta y acortar el tiempo necesario para alcanzar la talla comercial.
Sin embargo, un modelo fisiológico publicado en Aquaculture sitúa en 28 °C el umbral a partir del cual aumenta el estrés térmico y disminuye la idoneidad productiva. La posible ventaja de ciclos más cálidos puede desaparecer, por tanto, cuando se acumulan demasiados días por encima de ese nivel.
La lubina dispone de menos margen frente al calor extremo. Estudios realizados en granjas mediterráneas han identificado las temperaturas superiores a 30 °C como un factor predisponente de los síndromes de mortalidad estival, especialmente cuando coinciden con poco oxígeno, concentraciones elevadas de amonio o infecciones bacterianas.
Esta diferente tolerancia podría llevar a algunas empresas a aumentar el peso de la dorada o de especies más termófilas dentro de su combinación productiva.
Los moluscos se encuentran entre los cultivos más expuestos porque no pueden desplazarse hacia aguas más profundas o frías. El calor extremo puede alterar la filtración, debilitar su condición fisiológica y causar mortalidad tanto de adultos como de semilla, prolongando las pérdidas durante varias campañas.
En 2024, las temperaturas superiores a 30 °C contribuyeron a una fuerte mortalidad del mejillón cultivado en el golfo Termaico, en Grecia.
La recurrencia de estas olas de calor obligará a incorporar el riesgo térmico a la planificación ordinaria de las granjas. Ajustar las fechas de siembra y cosecha, reducir la biomasa antes del verano, monitorizar temperatura y oxígeno a distintas profundidades, reforzar la prevención sanitaria y seleccionar emplazamientos, especies y líneas genéticas más tolerantes pasarán a formar parte de la adaptación productiva.
El calentamiento no afectará por igual a todas las especies ni a todas las zonas, pero sí reduce el margen de seguridad disponible durante los meses más cálidos.

